Revista entre líneas

Política

Malos y buenos tiempos

  • Luis Augusto Montanaro Bedoya
  • 14/03/2020
  • Política

Recorre el mundo una ola de pesimismo creciente. Semana a semana la previsión de caída del crecimiento de las economías aumenta. Ningún país se escapa. El núcleo del deterioro es la contradicción de la “guerra comercial” Estados Unidos-China, una lectura simple e insensata de las complejas relaciones comerciales, financieras y tecnológicas de la globalización. Quien ataca, finalmente, se dispara a los pies y arriesga su propia derrota.

Pero, mientras tanto, los países, sobre todo los lejanos y pequeños, sufren la soberbia de los grandes.

Hace solo seis meses, en nuestra medición, en relación 40/60 los encuestados estimaban que la situación del Paraguay era peor/mejor. A principios de mayo esa relación empeoró a 24/76. La razón matemática bajó, entonces, de 0.67 a 0.32. Respecto a si es peor o mejor el estado de la economía, el 29/70 de noviembre pasado bajó hace unas semanas a 17/83, mientras la misma razón descendió de 0.41 a 0.20. Hay, pues, un deterioro. Esa es la respuesta pública de la gente en la muestra estadística. Porque, al igual que en otros países del continente, cuando se pregunta por la opinión acerca de la situación privada del encuestado aflora un optimismo inconsistente con la percepción pública. Así, por ejemplo, la calificación del status del hogar -el encuestado y su familia- la relación mejor/peor es 70/29 en diciembre pasado y 65/35 ahora en mayo. Las razones respectivas son 2.41 y 1.86. Hay también, pues, un deterioro. Pero sabemos que el particular -el privado- cambia rápido de opinión si visualiza que la fortaleza de su hogar es sitiada o puede ser sitiada por la inflación, el desempleo o la incertidumbre de lo público. Es lógico.

Sólo en mayo incluimos la pregunta de si el Paraguay va por buen o mal camino y los porcentajes correspondiente fue 34% y 62%, con razón de 0.55. Cuando los positivos superan a los negativos, hablamos de valores sobre 1. Al revés, de valores bajo 1 y tendientes a 0. La experiencia demuestra que 0.55 es un valor muy difícil de revertir.

Se necesita enorme lucidez y coraje de los responsables. Se requiere de foco y perseverancia en una acción basada en un buen diagnóstico de la situación, en la correcta selección de los medios para mejorar la posición y, sobre todo, en la constancia del proceso de recuperación. Las autoridades políticas deben ser claras y precisas en la comunicación al pueblo, cuando la hay y es honesta y transparente. También podríamos decir significante. Es decir, que la comunicación represente la realidad tal cual y como es.

Es una condición difícil de cumplir cuando el prestigio institucional de las instituciones ligadas a la actividad política es frágil. Partidos políticos, parlamentarios y ministros, que en diciembre pasado tenía un promedio de índice de aprobación/desaprobación de 0.53, en mayo lo disminuyeron a 0.34. Esta tendencia a la baja también se aprecia, aunque con mayor y preocupante énfasis, respecto al Poder Ejecutivo: de 1.50 a 0.63. Es una alerta roja que debe ser considerada con la máxima seriedad, en especial para rectificar con prontitud -en el cortísimo plazo- el curso de las “cosas de la política”, expresión tan maquiaveliana. La responsabilidad del mejoramiento requerido es proporcional al poder que se ostenta. Constitucionalmente, al presidente de la República y el Congreso.